José Antonio Labordeta  
     
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C r o n o l o g í a B i o g r a f í a S o b r e  é l
C o n t a c t o     A g e n d a
     

 

Primer recuerdo
de José Antonio Labordeta

 

©   J A V I E R   D E L G A D O


En junio de 1971 (tenía yo 17 años) publico tres poemas en un folleto colectivo. Julián Casabón, Federico Jiménez Losantos, María Luhísa (sic) Oliva y Francisco José Boisset eran los otros jóvenes poetas con los que compartía aquellla publicación de 17,5 x 12,5 centímetros y ocho hojas sin numerar. Llevó por título "Poemas" y en la portada, de fina cartulina roja (cómo no), iban, arriba, nuestros nombres en tres líneas sin puntuación, abajo la palabra Poemas en mayúsculas y en el faldón una línea: Zaragoza, junio de 1971. Hace ahora 29 años.

A estos cuatro compañeros del folleto no los conocía yo de nada, ni los conocí realmente después hasta pasados bastantes meses, bien entrado ya el curso siguiente, que era mi primero de Filosofía. Eran mayores que yo, dos años Jiménez y Boisset, un año Casabón, medio año María Luhísa, y nunca antes habíamos entrado en contacto. Su mundo distaba del mío lo que dista el mundo de la Universidad del mundo de un Instituto. ¿Qué hacíamos ahí juntos, en aquel breve folleto pretencioso? ¿Qué nos había unido?
No fue un qué, sino un quién: José Antonio Labordeta.

José Antonio tenía la buena costumbre de "recibir" a poetas jóvenes que acudíamos a él a enseñarle nuestros versos. Nos había presentado Luis Marquina (otra persona que se merece todo mi agradecimiento por su ayuda en aquella época de formación) en su librería Hesperia. Sería en 1969 ó en 1970. Yo estudiaba en el Instituto Goya, era socio de la Biblioteca Provincial (entonces en la Plaza de Los Sitios) y tenía cuenta en aquella maravillosa librería en la que Luis Marquina nos iba presentando unos a otros en cuanto veía que dos clientes suyos no se conocían. Además de esa gentileza, Luis hacía unas presentaciones tan elogiosas que uno se sentía en la obligación de parecerse lo más posible a la imagen de nosotros que él difundía. Al menos eso me pasaba a mí. Por ejemplo ante José Antonio, a quien Luis diría tales cosas de mí que él mismo recuerda en un párrafo de su "Con la voz a cuestas" que le fui presentado "como un niño prodigio". Ya no era tan niño y nunca he sido un prodigio, pero ya digo que eso no le importaba mucho a Luis. La cosa era hacer amigos a los amigos. Así conocería yo, entre mis quince y mis dieciocho años, a todo el que se movía culturalmente en Zaragoza. En la librería Hesperia. ¡Y que no le hayamos hecho nunca un homenaje!

Eran pues muy finales de los sesenta o muy principios del setenta cuando hablé por primera vez con José Antonio. Que conocía ya, desde hacía poco, a mi hermano mayor, Jesús, (eso yo no lo sabía). Acaso me dedicara por eso más atención de la merecida. Aunque realmente José Antonio, por lo que enseguida pude advertir, prestaba atención a todo el mundo, no por lo que mereciéramos sino por el carácter abierto y curioso personal suyo. Mi hermano Jesús (otra persona a quien debo agradecer muchas cosas) acababa de volver en 1969 de Bolonia donde se había doctorado en Derecho Civil y donde había visto y oído por primera vez las palabras libres de hombres y mujeres libres: era entonces la Italia del PCI, del avance de la izquierda y de la difusión de los más elevados ideales humanistas. Nada más volver a Zaragoza había conectado con lo más interesante de la vida cultural, y poco a poco nos iríamos encontrando él y yo en tal o cual ámbito (el Pignatelli, Casa Emilio, Andalán, Asamble a de Cultura, etc.), en el que compartíamos al mismo grupo humano de amistades, al que llegábamos cada uno por su lado. A él le llevaba la universidad y el amor al arte. A mí el amor al arte y el PCE.

El caso es que José Antonio tuvo conmigo varias charlas, no sé si la primera ya en su casa de la calle Almagro y otras en el café de Levante. El despacho de su casa estaba amueblado como pudiera estarlo la casa de su abuelo, y eso me sorprendió: la oscuridad y solemnidad rotunda de los muebles, el aspecto antiguo de todo, el frío de las baldosas. A Juana la conocí en aquella casa, pero estaba entonces demasiado ocupada con sus pequeñas hijas, o eso me imaginé yo. La Juana radiante que recuerdo con toda nitidez estaba ya en el piso de camino de Las Torres, alegre, cordial, directa y solidaria siempre, con esa luz en la mirada y en la risa que tanto me ha gustado siempre. Juana, una mujer por cuyo trato un joven puede sentirse más que afortunado; desde luego, yo así me sentí entonces y así me siento ahora mismo, para qué lo voy a ocultar.

El caso es que en aquel severo despacho José Antonio me comentó mis juveniles poemas. Creo que lo más importante para mí fue escucharle una frase que, en esencia, venía a decir que cuando comenzase a follar ya vería si dejaba de escribir o seguía escribiendo, y entonces vería también si escribir era para mí tan importante o no, etc.
Estaba yo (eso no lo sabía José Antonio) precisamente ante la duda de la que me hablaba: comenzar a follar y ver qué influía en la escritura, incluso en el mismo acto (¡acto!) de escribir. Así que su observación dio en la diana sin que él mismo supiese hasta qué punto, porque tampoco tenía yo confianza entonces con él como para contarle nada de aquellas otras búsquedas no tan literarias pero tan decisivas para mi literatura (y la de cualquiera). Salí, pues, de aquella primera entrevista, con la impresión de que vivía un momento bastante decisivo y no me había dado cuenta. Gracias a ese comentario de José Antonio, entendí que, en todo caso, la vida era muy grande y la escritura sólo era una parte (quién sabría de qué dimensión vivencial) de ella. Notable instrucción que me regaló como quien te dice que puede que mañana llueva, o puede que no.

No sé si le entendí mal esa tarde, pero el caso es que me apliqué aquel cuento con toda seriedad. Es decir: ya se vería si la escritura tenía tanta importancia para mí como para competir con otras pasiones (como el amor, el sexo, la lectura, la música, el campo, la política, la botánica, la entomología…). Así centró José Antonio el asunto donde - luego lo he ido viendo - hay que centrarlo: en el interior de uno mismo, en la intimidad de las propias necesidades vitales. Y no en lo que en el exterior a nosotros mismos pueda suceder al respecto: fama y dinero, etc. ¡Cómo no agradecer durante toda mi vida un comentario así! He visto ya demasiada gente joven que apenas escribe algo parecido a un verso ya está obsesionada por lo exterior, tanta gente que se acerca al arte por lo que éste pueda darle de notoriedad, en vez de entregarse a una pasión interior, que pienso si nadie les está diciendo una frase semejante a la que afortunadamente yo escuché aquella tarde en el despacho de José Antonio.

Ese José Antonio que recuerdo de entonces se mantenía muy con contacto con la gente joven, seguramente por su dedicación a la enseñanza en un instituto, pero acaso también o más por su personal sentido de la continuación generacional, de la transmisión de valores y pasiones. Tengo la impresión de que la suerte que tuvo él de convivir en intimidad intelectual y moral con un hermano mayor como Miguel, que le llevaba casi diez años (lo justo para que todo se comunique con la debida perspectiva entre dos hermanos), esa suerte inmensa, la interiorizó entre otras direcciones en la dirección de ofrecerse infatigablemente como "hermano mayor" a quienes superaran un primer o segundo test personal.

No sólo José Antonio era receptivo a una comunicación con gente más joven (a veces mucho más joven: me lleva veinte años). Otros también conectaban con principiantes, pero pronto advertí que otros lo hacían con el ánimo de establecer una red clientelar entre los jóvenes, más que por verdadero gusto personal. Es difícil distinguir en ocasiones el interés del gusto, pero en otras es algo que salta a la vista. El papel de la figura "paternal", cercana también a la del "padrino", a quien muchos acuden en busca de trampolín promocional tiene tanto que ver con la figura de "hermano mayor" como la tenga el amante del violador. Por poner un ejemplo sencillo.

José Antonio se tomaba suficiente interés en lo que escribíamos, de forma que su actitud era de franca cordialidad. Los mitómanos, que siempre han existido a su alrededor (por entonces ya los sufría), sólo tenían acceso a espacios más bien liminares de su personalidad, no a la almendra de su ser. O al menos es lo que a mí me parecía cuando me lo topaba sonriendo a cualquiera de ellos. No digo que no le gustara sentir el reconstituyente y dulce sabor de la admiración, pero no me parecía tomarla como moneda de pago de ningún acercamiento personal realmente importante.

Tuve, pues - y de eso va este cuento - la certeza enseguida de haber encontrado a un hermano mayor que, como su propio nombre indica, aceptaba fraternalmente un compromiso de complicidad en la pasión por la lectura y la escritura. Pronto se ampliaría el campo de esa fraternidad al terreno de las ideas sociales y del compromiso político. Pero eso vendría luego, un poco más avanzada la fraternidad que se inició al calor de aquel primer libro mío de poemas (que había titulado "Romper en silencio" y que nunca publiqué, como algunos otros libros de poemas o de cuentos que escribí entre los quince y los veintimuchos años).
Imagino que otros hablarían aquí de amistad y no de fraternidad. Tengo para mí que la verdadera amistad sólo es posible entre iguales, y no lo son quienes viven con veinte años más que otro a las espaldas, y viceversa. Pueden establecer una fraternidad que, si hay mucha suerte, acabará en amistad: cuando, pasados suficientes años, el más pequeño alcance una vivencia interior (por los caminos que sea) que le iguale con el mayor o al menos posibilite que éste se sienta feliz de tratarlo como a un igual. Y aún con todo: mi experiencia es que los papeles entre hermanos siguen funcionando y además que no hay razones de peso para rechazar el mantenimiento de una situación que por obvia no debería molestar a nadie: la fraternidad entre desiguales. Mucho mejor, a mi entender, que la falsa igualdad entre amigos, encubridora de frustraciones, humillaciones y otros malos rollos.

Aquella fraternidad recién inaugurada con José Antonio tuvo en mí, como fruto inmediato, la certeza de que algo de lo que escribía podía interesar más allá del estricto ámbito de mi intimidad personal: era "escritura". Porque la mayoría de lo que se escribe a esa edad (al menos, la mayoría) no pasa de ser puro "desahogo", lo que como mucho puede llamarse "escritura adolescente": síntoma vital, más que verdadera producción artística.
Yo había ganado algún concurso escolar, y aquel entonces famoso de la Coca-Cola entre estudiantes de Cuarto y Reválida. Pero esos pequeños triunfos no me habían deparado una comunicación con nadie. Ni siquiera con los demás chavales y chavalas con quienes viajé, como premio, por Italia un verano extraño e inolvidable. Lo mejor que recibí de aquellos premios no fue ni siquiera ese viaje inaccesible para mí sin esa causa, sino una máquina de escribir portátil Olivetti que me empeñé en elegir cuando me daban la opción entre ella y un Scalectrix (¿se escribía así?), como reflejó sin disimulado asombro el peridista Pepe Banzo, del Heraldo, en la entrevista que me hizo a pie del escenario del Teatro Principal de Zaragoza.

Lo que quiero decir es que yo buscaba algo mejor que los premios. Buscaba comunicación. Comunicación personal. A poder ser fuera del ámbito estrictamente familiar (en el que hasta la comunicación con mi hermano mayor, Jesús, podía ser sospechosa, a los efectos, de "amiguismo", por llamar de alguna forma a eso que hace que se te trate con atención no porque lo merezca lo que presentas). Pues bien: la primera persona que me ofreció esa atención no sospechosa fue José Antonio Labordeta.

Lo cierto es que he visto a muchos jóvenes acercarse a un escritor mayor que ellos con el único proposito claro de conseguir un apoyo editorial, un "empujón", una palabra ante un periódico, etc.Gentes, algunos, que tenían la desagradable necesidad de confesar a los de semejante edad a la suya todo lo que se reían de aquel mayor de quien ansiaban los favores. Desde siempre me escandalizó, pobre tonto de mí, esa forma de ver la vida y de vivirla, (¡porque se trata de vivir, no sólo de hablar de ella!), en la que la adulación a la cara de un mayor se complementa con el desprecio (fingido o no, ésa es otra cuestión, y no baladí) a sus espaldas. Ya entre compañeros míos del intituto veía un comportamiento de ese tipo de doblez (más en el ámbito de la política que en el de la creación artística: se trataba de militantes de las Juventudes Comunistas). Admiraban y despreciaban al mismo tiempo, amaban y odiaban, deseaban tanto codearse con un mayor como quitarle el puesto o la relevancia que ellos mismos le otorgaban. Tampoco es que yo hiciera nada contra nadie que se comportara así, lo que en más de una ocasión me hizo sentir inmoral ante mí mismo. Sencillamente, me sentía visceralmente alejado de tal felonía. Ese despliegue de armas de seducción y de destrucción me resulta aún hoy un espectáculo apabullante, me deja perplejo. ¿Y hasta qué punto el mayor en cuestión no se da cuenta?, pensaba por entonces. Ahora ya sé que sí se la da. Pero que no rompen con eso por su parte, o por no manifestar su decepción dolorosa, o por temor a un trato aún peor, o por liso y llano interés también suyo (en la dirección clientelar a la que antes aludía).

Vuelvo ya al inicio de estas líneas. Mi participación en el folleto "Poemas", en junio de 1971, se debió, pues a una propuesta de José Antonio a la que hice caso porque me la hacía él. Me resultó tan inesperada como sorprendente. Me ilusionó, no lo voy a negar. Pero tampoco valoré especialmente la cuestión. Aquel verano del 71 tenía yo suficientes asuntos personales que resolver (iba a dejar de vivir, por decisión propia, en la casa paterna, entre otras cosas) como para dedicarle mucha atención al folletico aquel. Llevé algunos ejemplares a Hesperia y a Pórtico y no recuerdo haber regalado ninguno, pero no descarto que algún familiar o amigo de entonces pueda desmentirme, esgrimiendo un ejemplar firmado y fechado en aquellos días. La verdad es que mi vivencia de aquella primera publicación fue muy igenua, sin ningún tipo de complicación moral. Imagino que influyó grandemente en ello el hecho de que en mi casa, en el seno de una familia muy numerosa, nadie le diera ninguna importancia o al menos no se empeñaran nada en hacerme saber que se la dieran. Sinceramente, creo que a un chico de diecisiete años es lo mejor que le puede pasar.

Sin embargo, sí que le dí yo mismo bastante importancia a que, con motivo de la impresión del folleto, conocí a un Luciano Gracia maravilloso en el garito de sus Graficas Los Sitios. Los ojos de Luciano, su voz, el ritmo de las máquinas, el olor del papel y la tinta, la luz de aquellos días, camino de la imprenta. El trato con Luciano Gracia: ése fue el regalo que personalmente recibí por atreverme a poner unos mediocres versos juveniles en aquel folleto. Y eso también se lo debí al fraternal trato de José Antonio Labordeta. ¡Bendito sea siempre por todo aquello!

 

NOTA FINAL:

Mariano Gistain me puso estos deberes. Para su página Web sobre José Antonio Labordeta escribo estos folios y se los regalo. Me reservo el derecho de publicarlos por cualquier otro medio. Doy mi consentimiento a que quien lo desee los difunda como mejor le parezca. Y aprovecho para mandar desde aquí muchos besos a los amigos y muchos más a las amigas. Firmado: Javier Delgado. Zaragoza, a 17 de noviembre del 2000.

©   J A V I E R    D E L G A D O
NOVIEMBRE DEL 2000

 

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