1.3 José Antonio Labordeta  
     
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C r o n o l o g í a B i o g r a f í a S o b r e  é l
C o n t a c t o     A g e n d a

P O E M A S

Las sonatas.

Colección Poemas.
Zaragoza, 1965.
Ilustraciones del autor
y de Jesús Lizaranzu.

Edición al cuidado
de Luciano Gracia
y Guillermo Gúdel.

  L I B R O S
Sucede el pensamiento, 1959
Unamuno: Diario poético, 1965
Las sonatas, 1965
Cantar y callar, 1971
Treinta y cinco veces uno, 1972 Tribulatorio, 1973
Cada cual que aprenda su juego, 1974 Poemas y canciones, 1976
Método de lectura, 1980
Con la voz a cuestas, 1982
Aragón en la mochila, 1983
Jardin de la memoria, 1985
El comité, 1986
Diario de náufrago, 1988
Mitologías de mamá, 1992
Los amigos contados, 1994
Monegros, 1994
Un pais en la mochila, 1995
Tierra sin mar, 1995
Con la mochila a cuestas, 2001
Banderas rotas, 2001

Dulce sabor de días agrestes, 2003
Cuentos de San Cayetano, 2004
 
       

 

O R I G E N

Cada hombre recuerda numerosos pasajes de su vida:

el día atormentado de su infancia,

el amor, ya lejano,

que nunca vio cumplida su esperanza,

la nieve en los aleros,

la crecida del río ciudadano y el ocaso

del cuerpo hacia la nada.

 

Recorre calles y barrios apartados.

 

Espera recordar; encontrarse a sí mismo,

ya olvidado,

detrás de unos árboles,

bajo un cielo infinito una tarde de marzo,

al campanear las torres de un convento.

 

Pero ha crecido tanto la ciudad...

Allí donde hubo un huerto,

han surgido el asfalto y las ventanas.

Allí donde fue campo

viven de pie los hombres.

Nada queda.

Todo se va formando nuevamente.

 

Sólo el recuerdo

permanece sincero a nuestra vida.

 

 

P R I M E R   R E C U E R D O

de mi padre

Hoy marzo y siete. ¿Recuerdas? Yo recuerdo.
Soy vivo y te recuerdo: Integramente puro,
siempre igual. Diste la mano, a quien te dio la mano
y arrancaste el odio a quien te odió de espaldas.

¿Recuerdas? Ya casi primavera, olor a campo,
en las viejas ventanas del colegio -alguien dijo
que tu labor no fue importante.

¡Hay cosas, padre, que son mejor
guardarlas en silencio! -Alumnos con charangas
saludaban a tu paso. También tu muerte -fuimos todos
contigo al cementerio- y veían tu pureza total
y sentían tu voz contra sus frentes.

Hoy ya marzo, otra vez, tanto tiempo te has ido
que recuerdo el dolor que te produjo
amar la libertad como la amaste.

 

S E X T O   R E C U E R D O

de Vicente Cazcarra

Hoy he visto a tus padres, cuando volvía a casa.
Él me miró en silencio,
con los ojos perdidos del hombre que trabaja,
día y noche, en los trenes. Ella, tu madre,
me anunció tus treinta años -igual que yo- cumplidos,
y tu hermana tenía ador y rabia en las palabras.

Repetimos la historia, tu silencio;
la voz que conocimos ya no existe
y sin embargo, sabemos que envejeces, igual que yo
-soy calvo y apunto para padre-, día a día.
Me hablaron de tus manos, de tus pies...

Los días pasan lentos, uno a uno,
pero dañan y llagan y hacen hueco
y sombra sobre el alma.

                                    Recuérdote
sentado en el pupitre, allá, en la vieja aula,
hablando sobre Dios y la justicia,
viendo llegar el cierzo. Cada día que pasa
se te marca, -también a mí- la llaga
del hombre acorralado.

                                   Es doloroso, ya ves,
saberte casi muerto en medio de la vida.

Tu padre dijo adiós. Tu madre
repitió tus treinta años, y tu hermana
me aviolentó de golpe con tu hombría.

 


Veintiocho estíos corren por mis manos
y nada he comprendido todavía.

 

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SONATA EN TONO MAYOR

 

Treinta años y otra vez primavera.
Otra vez el silencio,
el agua,
el pan, el hombre que camina, aquí,
junto a mi hombro, sin saber expresar
la dura condición de estar despierto.

Treinta años nuevos; recién inaugurados
al tiempo que el silencio se hace roca
y el mar rompe en la costa su ironía.

Treinta años de estar muerto,
de estar quieto,
de estar callado siempre,
de no poder hablar con valentía.

Treinta años germinados
¡Feliz cumpleaños al nuevo día!
y ojalá que la hierba no se queme,
que nazca para el hombre
y pueda contemplar la luz de agosto,
el otoño pálido futuro,
el acogible invierno venidero
y otra vez la alegría
con unos ojos sanos,
limpios,
azules,
altos, como esa sierra enorme:

             Albarracín nevado.


 

  

Será, una vez más, Teruel el lugar que proporcione las circunstancias necesarias para que la voz labordetiana madure hasta personalizarse; varios poemas de las Sonatas (1965) ya manifiestan esta impronta: El primer año de estancia en Teruel atraviesa el universo poético de José Antonio Labordeta. Nace un impresionismo descriptivo -muy próximo al Machado de las Nuevas canciones- que intenta expresar una compleja pregunta histórica a tanto campo vacío y tanto aldeano mudo en su miseria.

  El resultado es la superposición de un paisaje -dotado de nombres y apellidos biensonantes: Javalambre, Guadalaviar, Albarracín, Cantavieja- a un estado de ánimo perplejo de nostalgia y conocimiento. Porque lo que empieza siendo pregunta y encuentro -o denominación del pueblo, del valle, del monte-, es decir, populismo venial, acaba por ser hallazgo de razones históricas y la misma figura protagonista -el poeta que observa y rememora- puede replantear desde su nueva atalaya la validez de su recuerdo sentimental. Y se establece un fecundo trasiego entre los poemas que evocan la infancia o los amigos- y la sensación de plenitud inquisitiva y de interrogación solidaria que se dibuja en los poemas más claramente turolenses (1). Muchas de estas composiciones surgen de una anécdota, que da pie a una reflexión universal; así "Todos los Santos en Albarracín", donde una estampa de la visión del pueblo da lugar a la reflexión: "sobre ti duerme el tiempo, / sólo pervive el agua". Estamos a mediados de los años sesenta; "es también la época de las primeras canciones, hermanas de estos poemas; es el nacimiento en tierras turolenses de un compromiso personal con una tierra y con su pueblo"(2).

N O T A S

1 Mainer, Labordeta, Madrid, Júcar, "Los Juglares", pp. 80-81.

2 E. Fernández Clemente, en GEa

( Del texto Antonio Pérez Lasheras sobre la obra poética )