O
R I G E N
Cada
hombre recuerda numerosos pasajes de su vida:
el
día atormentado de su infancia,
el
amor, ya lejano,
que
nunca vio cumplida su esperanza,
la
nieve en los aleros,
la
crecida del río ciudadano y el ocaso
del
cuerpo hacia la nada.
Recorre
calles y barrios apartados.
Espera
recordar; encontrarse a sí mismo,
ya
olvidado,
detrás
de unos árboles,
bajo
un cielo infinito una tarde de marzo,
al
campanear las torres de un convento.
Pero
ha crecido tanto la ciudad...
Allí
donde hubo un huerto,
han
surgido el asfalto y las ventanas.
Allí
donde fue campo
viven
de pie los hombres.
Nada
queda.
Todo
se va formando nuevamente.
Sólo
el recuerdo
permanece
sincero a nuestra vida.

P
R I M E R R E C U E R D O
de
mi padre
Hoy
marzo y siete. ¿Recuerdas? Yo recuerdo.
Soy vivo y te recuerdo: Integramente puro,
siempre igual. Diste la mano, a quien te dio la mano
y arrancaste el odio a quien te odió de espaldas.
¿Recuerdas?
Ya casi primavera, olor a campo,
en las viejas ventanas del colegio -alguien dijo
que tu labor no fue importante.
¡Hay
cosas, padre, que son mejor
guardarlas en silencio! -Alumnos con charangas
saludaban a tu paso. También tu muerte -fuimos todos
contigo al cementerio- y veían tu pureza total
y sentían tu voz contra sus frentes.
Hoy
ya marzo, otra vez, tanto tiempo te has ido
que recuerdo el dolor que te produjo
amar la libertad como la amaste.
S
E X T O R E C U E R D O
de
Vicente Cazcarra
Hoy
he visto a tus padres, cuando volvía a casa.
Él me miró en silencio,
con los ojos perdidos del hombre que trabaja,
día y noche, en los trenes. Ella, tu madre,
me anunció tus treinta años -igual que yo- cumplidos,
y tu hermana tenía ador y rabia en las palabras.
Repetimos
la historia, tu silencio;
la voz que conocimos ya no existe
y sin embargo, sabemos que envejeces, igual que yo
-soy calvo y apunto para padre-, día a día.
Me hablaron de tus manos, de tus pies...
Los
días pasan lentos, uno a uno,
pero dañan y llagan y hacen hueco
y sombra sobre el alma.
Recuérdote
sentado en el pupitre, allá, en la vieja aula,
hablando sobre Dios y la justicia,
viendo llegar el cierzo. Cada día que pasa
se te marca, -también a mí- la llaga
del hombre acorralado.
Es
doloroso, ya ves,
saberte casi muerto en medio de la vida.
Tu
padre dijo adiós. Tu madre
repitió tus treinta años, y tu hermana
me aviolentó de golpe con tu hombría.
Veintiocho
estíos corren por mis manos
y nada he comprendido todavía.
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SONATA
EN TONO MAYOR
Treinta
años y otra vez primavera.
Otra vez el silencio,
el agua,
el pan, el hombre que camina, aquí,
junto a mi hombro, sin saber expresar
la dura condición de estar despierto.
Treinta
años nuevos; recién inaugurados
al tiempo que el silencio se hace roca
y el mar rompe en la costa su ironía.
Treinta
años de estar muerto,
de estar quieto,
de estar callado siempre,
de no poder hablar con valentía.
Treinta
años germinados
¡Feliz cumpleaños al nuevo día!
y ojalá que la hierba no se queme,
que nazca para el hombre
y pueda contemplar la luz de agosto,
el otoño pálido futuro,
el acogible invierno venidero
y otra vez la alegría
con unos ojos sanos,
limpios,
azules,
altos, como esa sierra enorme:
Albarracín
nevado.