Algunos trabajos
más (según relación de Antonio Pérez Lasheras):
"Mediometro"
(en Papeles de Son Armadans, 1971);
Cuentos publicados
en Ínsula, en Andalán o en Papeles de Son Armadans.
Ha anunciado otros títulos, como La isla arrancada (en la nonata
Ediciones Jounakos Universal, anunciada en Despacho Literario, I).
Recuerdo de Miguel
Labordeta (con Javier Delgado, Zaragoza, DPZ, 1987);
Tiene también escritos
algunos trabajos sobre César Vallejo (Despacho Literario) y varios
sobre su hermano Miguel.
Además de un número
considerable de artículos periodísticos (en Andalán, El Día,
Diario 16, El Periódico de Aragón, el Mundo...).
SOBRE
LA OBRA POÉTICA
(
Los párrafos dedicados a libros concretos aparecen desglosados
en sus respectivas páginas ).
José
Antonio Labordeta,
entre "las huellas
de los labios" y
"el duro roquedal"
©
A N T O N I O P É R E Z L
A S H E R A S
La
obra poética de José Antonio Labordeta ha ido surgiendo, como puede
observarse de su bibliografía, entre una multiplicidad de tareas de
índole intelectual que nos muestran a un personaje absolutamente polifacético.
De todas estas actividades, la poesía es la más íntima, la más profunda,
aunque tampoco podemos observar diferencias notables entre unas y otras,
ya que todas proceden de un mismo impulso interior. El propio autor
ha dicho en alguna ocasión que su verdadera profesión es la de escritor,
que, incluso, sus canciones son poemas a los que ha puesto música para
comunicarlos de otra manera.

Anuncio de la colección
de poesía Orejudín, que editó José
Antonio Labordeta.
El anuncio aparece
en el Despacho literario de la OPI del año 63. (El logotipo
con la fecha "capricornio del 63" está más abajo).
( Edición
facsímil de José-Carlos Mainer. DGA, Zaragoza, 1989 )
De
cualquier manera, es fácil observar un mayor recogimiento en sus poemas,
frente a la potencia y desgarramiento de sus canciones, circunstancia
que le concede a sus versos un tono más reflexivo, más íntimo y también,
lógicamente, más culto. Pero creo que son dos maneras de una misma expresión.
De ahí que en su poesía haya que considerar muchas de sus canciones
-a la manera que él mismo lo hiciera cuando realizó una antología de
su obra anterior en Poemas
y Canciones-, entre otras razones porque sería, de otra manera,
se privaría al lector de algunos de los mejores versos de su autor.
De
un análisis más minucioso, podríamos inferir una poética muy particular
de sus canciones, sobre todo de las primeras, en cuanto éstas se nos
aparecen como broncas, violentas incluso, basando esta virulencia en
el carácter enfrentado y contrapuesto de los elementos que la componen
y, en particular en un uso muy característico de las preposiciones (frente,
contra, desde) que concede a los versos un abismamiento hacia el vacío
(piénsese, por ejemplo, en la "Elegía a Víctor Jara", en "El poeta",
en el "Canto a la libertad", composiciones en las que el poema se estructura
en torno al discurso contrariado por un sistema preposicional muy marcado).
Existe una conciencia de oposición entre los personajes y la propia
naturaleza, entre la necesidad-realidad y el deseo, entre la verdad
real y la mentira oficial. De ahí que los personajes que aparecen en
sus canciones sean los desfavorecidos, los vencidos antes de entablar
la batalla, los marcados por un destino que nunca escribieron. En definitiva,
los miembros de una generación que se ha denominado a sí misma como
"derrotada", "vencida", "perdida".

Como
queda dicho, la actividad de cantautor se inicia tras el contacto con
la realidad de las gentes de Teruel, el Aragón profundo, desarticulado,
desvertebrado. Pero siempre en sus canciones hay un espacio para la
esperanza, una ventana abierta a la utopía Una de las grandes obsesiones
del José Antonio Labordeta escritor es la reivindicación de la memoria
de su hermano Miguel. A él le dedica varias composiciones en distintas
épocas, que nos van marcando la evolución de su poética. El tono -siempre
melancólico- recupera la memoria con frecuencia a través del diálogo
-o del monólogo- con las personas desaparecidas.

El
primer libro de poemas de José Antonio Labordeta, Sucede
el pensamiento, apareció en 1959. Su mismo título nos proporciona,
en gran medida, la intención de su autor: realizar una poesía "intelectual",
a la manera de Juan Ramón Jiménez y las manifestaciones "popularistas"
de algunos miembros de la generación del 27.
Creo
que todavía no podemos conocer al verdadero Labordeta, ya que aquí oscila
entre la influencia/alejamiento voluntario del tremendismo de la epilírica
de su hermano Miguel y la búsqueda de una voz propia. Sin embargo, existe
ya una tendencia que va a ser constante en toda su obra: la aparición
de un yo poético que narra desde el cansancio vital, la abulia y cubre
todo con una expresión de melancólica nostalgia, de "vacío existencial"
( 1
) que, en algún momento, se atribuye a las peculiares circunstancias
históricas de España, especialmente, la marginación, la sensación de
derrota de una gran parte de la población. La influencia de César Vallejo,
unida a la de los surrealistas franceses y otros poetas, como Paul Verlaine,
va conformando una manera de decir cada vez más personalizada. Se trata
de "una poesía del yo inmerso en un mundo cerrado y sin grandes esperanzas"
(
2 ).

Será,
una vez más, Teruel el lugar que proporcione las circunstancias necesarias
para que la voz labordetiana madure hasta personalizarse; varios poemas
de las Sonatas
(1965) ya manifiestan esta impronta: El primer año de estancia en Teruel
atraviesa el universo poético de José Antonio Labordeta.
Nace
un impresionismo descriptivo -muy próximo al Machado de las Nuevas
canciones- que intenta expresar una compleja pregunta histórica
a tanto campo vacío y tanto aldeano mudo en su miseria. El resultado
es la superposición de un paisaje -dotado de nombres y apellidos biensonantes:
Javalambre, Guadalaviar, Albarracín, Cantavieja- a un estado de ánimo
perplejo de nostalgia y conocimiento. Porque lo que empieza siendo pregunta
y encuentro -o denominación del pueblo, del valle, del monte-, es decir,
populismo venial, acaba por ser hallazgo de razones históricas y la
misma figura protagonista -el poeta que observa y rememora- puede replantear
desde su nueva atalaya la validez de su recuerdo sentimental. Y se establece
un fecundo trasiego entre los poemas que evocan la infancia o los amigos-
y la sensación de plenitud inquisitiva y de interrogación solidaria
que se dibuja en los poemas más claramente turolenses (
3 ). Muchas de estas composiciones surgen de una anécdota,
que da pie a una reflexión universal; así "Todos los Santos en Albarracín",
donde una estampa de la visión del pueblo da lugar a la reflexión: "sobre
ti duerme el tiempo, / sólo pervive el agua".
Estamos
a mediados de los años sesenta; "es también la época de las primeras
canciones, hermanas de estos poemas; es el nacimiento en tierras turolenses
de un compromiso personal con una tierra y con su pueblo"
( 4 ).
El
nuevo libro es fundamental en la lírica de José Antonio Labordeta: Cantar
y callar (que tiene el mismo título que su primer disco; incluso
en la edición de Fuendetodos se incluía un disco sencillo con
cuatro de canciones más clásicas).
El
libro estaba preparado para la imprenta en 1967 y la censura no permitió
su edición hasta 1971. Es uno de los más coherentes y sólidos de su
autor, porque en él alcanza una voz personal y auténtica, abandonando
o depurando los ecos que asomaban en la poesía anterior. El encuentro
del autor con la realidad social que le había preocupado de manera "intelectual"
hasta ese momento (el Bajo Aragón, con sus gentes, sus problemas, sus
silencios) se funde con lo autobiográfico. De este enfrentamiento, surge
la conclusión que, a manera de reflexión, sobrepasa lo personal para
universalizarse. La primera composición, "Hablando por hablar" funciona
a manera de prólogo, como una relación de intenciones: habla del yo,
del tiempo, del recuerdo, de las gentes de su tierra, de su familia,
etc. "Belchite" marca otro de los mitos del poeta; de allí proceden
muchos de los recuerdos de su infancia, su particular reencuentro con
la guerra, la búsqueda de sus raíces familiares y aparecen las preguntas
sin respuesta. La composición tiene un tono muy similar a las canciones
de esta época; también en el uso de las preposiciones que expresan ese
mundo enfrentado: "¿Quién ha puesto el olivo /
enfrente del olivo?"; "¿Quién ha traído muerte / en contra de la muerte?".
Treinta
cinco veces cinco y Tribulatorio
suponen un paso más: son los libros en los que Labordeta abandona un
cierto tono de lamentación, para buscar las causas de ese malestar y
para concentrarse en lo más íntimo y personal, marcando diferencias
entre poemas y canciones. También incorpora nuevas técnicas más vanguardistas,
como el simultaneísmo de voces diferentes (así en "Medios de comunicación
social" la conocidísima balada "Esta tarde vi llover" o el maquinismo
surreal de "Sintetice"). En el primero de ellos, el cambio está muy
marcado, ya que sus "dos primeras partes siguen con la temática aragonesa",
mientras que "la tercera marca una vuelta al yo", que deja de ser un
yo solipsista para recoger el compromiso social y representar la voz
de toda su generación (de ahí que sea frecuente el paso del yo al nosotros)
( 5
).
Miguel Labordeta,
en Santander, en el año 59.
(Fragmento de una
foto de su libro Abisal cáncer, edición de Clemente
Alonso Crespo, Olifante, Zaragoza, 1994)
Tribulatorio
avanza en este proceso de universalización del yo a través de la reflexión,
partiendo normalmente de anécdotas autobiográficas. Incluye fragmentos
de prosa poética, a la manera de versículos, en los que se incrementa
el tono melancólico y nostálgico característico de su lírica (tono que
se extiende a otros poemas como ese Como un ardiente niño, conjunto
de poemas en los que el poeta trata de sacudirse los "fantasmas" de
su infancia y recrearla míticamente, aunque con resultados no siempre
satisfactorios). Y aquí encontramos una de las constantes de su lírica:
la falta de reconciliación con el pasado propio. Si todo poeta necesita
crear un espacio quimérico en el que situar su particular paraíso perdido
(habitualmente en su infancia, por ser el momento anterior a la "caída
en pecado" que proporciona la conciencia), la generación denominada
de "los niños de la guerra", encuentra serios problemas -de índole intelectual
las más de las veces- para hacer de una niñez transcurrida entre odios
un espacio de felicidad.
Método
de lectura (1981) y Jardín
de la memoria (1985) constituyen ya la poética más madura de
José Antonio Labordeta. Ahora el creador asume todas las circunstancias
que le rodean para tratar de intrepetar el destino humano; asume también
la capacidad de fabulación para la creación de los poemas ("Os
contaré mi vida / tal y como nunca ha sido", nos dice en la primera
de las obras). También sus canciones sufren paralela transformación
e, incluso, cuando atacan temas "épicos", como "Somos", lo hacen desde
la búsqueda, la autoafirmación, el autoconocimiento.
Encontramos
una serie de motivos que van a ser característicos de su obra posterior:
el vacío del recuerdo, el deseo de huida (tan del gusto de su hermano
Miguel), el escepticismo hacia la cosa pública (esos abatimientos depresivos
propios de su lucha por la utopía). Es representativo el poema "Quiero
llegar al mar...", que pasó a ser la letra de una canción, en
el que se expresa el deseo de huida. Los espejos se multiplican ahora,
ya sean como desolación ante la falta de reconocimiento ("Tu
voz, siempre tu voz"), ya como espejo de la desolación ("Pavana
para un niño muerto en el Líbano", "El
espejo"). Comienza también a aparecer la concepción de la vida
como naufragio ("El viejo armario"), que
será el leifmotiv de su siguiente libro. Tiempo
de despedida supone una parada con mirada atrás incluida; los poemas
se tornan más urbanos y aparecen como motivos centrales la ciudad (esta
Zaragoza amada y odiada, los recuerdos y el pensamiento, la madre y
las sucesivas transformaciones del yo) y vuelve al poema corto, en el
que se concentra impresión del paisaje, sentimiento y reflexión y siempre
esa pátina de nostalgia, de fatal destino hacia la tristeza.
Diario
de un náufrago (1988) es un libro sólidamente trabado,
presentado como un dietario, en el que los poemas tienen como títulos
fechas. El naufragio es la propia vida ("¡Qué
enorme es el naufragio / tan solitario y duro de los hombres!").
El sincretismo se hace cada vez mayor, proporcionándonos versos de una
gran belleza ("Y el mar / como una gota de paz
/ en la esperanza.", reza el poema "8 de agosto"). Ahí encontramos
al hombre solo frente a sí mismo, contra su propio destino, desde su
angustia sin límite, como el mar. El olvido, el tedio, el vacío, el
silencio, la infancia que nunca ha de volver, el tiempo, la memoria,
el recuerdo como invención y reordenación del tiempo y la memoria,...
todo aparece en este libro que considero como de los más bellos de su
autor y de los singulares de los últimos años de poesía española.
Finalmente,
Monegros (1994) es
un libro inusual, sorprendente, en el que imagen y figura se desdibujan
para dar paso a la reflexión, a veces irónica y socarrona, sobre una
realidad "tierna y dura a un mismo tiempo" (como diría Ignacio Aldecoa).
Es un poemario que retoma motivos que parecían abandonados en la lírica
de su autor, pero que da un paso adelante conforme al tratamiento anterior.
El desierto de los Monegros proporciona reflexiones hondas sobre el
estado natural de sus gentes y su vida; las figuras, en tensión perpetua,
quedan, sin embargo, inmóviles en esa vida sin vida. El verso corto
y el poema de extensión limitada conceden a estas composiciones el carácter
de estampas singulares.
En
fin, para terminar, con esta "voz melancólica y añorante", de "expresión
simbolista en que mundo y vivencia personal se enfrentan"
( 5 ), hay
que comentar que la poesía de José Antonio Labordeta es, quizá, entre
todas sus actividades culturales la que nos muestra mejor su compromiso
personal y vital con una realidad contradictoria: un mundo sin posible
comunicación que conduce, inevitablemente, a una gran angustia existencial,
de la que surge, como necesario equilibrio mental, la esperanza a través
de la transformación (más personal que social, más profunda que coyuntural)
de todos y cada uno de nosotros.
El
escepticismo labordetiano -impuesto por un fatal lastre de marginalidad-
termina desconfiando tanto de las ideas como de los hombres que pretenden
llevarlas a efecto, porque el ser político tiende, necesariamente, a
la corrupción moral. Y de esto sabe mucho José Antonio. La transformación
social no vendrá por la sustitución de unos nombres por otros, sino
por la solidaridad cósmica con el paisaje, con sus gentes, con la vida.
Él, como nadie, supo captar la tristeza y la desolación de quien tiene
que abandonar sus raíces ("Si en algún camino
encuentras / gente con la casa a cuestas / no les hables de su tierra,
/ que te mirarán con rabia. / Con rabia en la voz y el viento, / con
las rabia en las palabras, / con la rabia que produce / abandonar lo
que se ama."). El sentimiento se hace universal. Y doy fe (
6 ); nadie como él ha definido el contraste de esta tierra
entre la esperanza y el desasosiego, entre la utopía y la desesperación
(las canciones "Ya ves" y "Somos" son un buen ejemplo: "somos
/ como la humilde adoba" o "somos / igual que nuestra tierra / suaves
como la arcilla / duros del roquedal", pero "vamos
/ hundiendo en las palabras / las huellas de los labios / para poder
besar...").
José
Antonio Labordeta se ha convertido en una metonimia de Aragón. No cabe
duda de que Aragón le debe mucho y que él debe mucho a esta tierra "dura
y salvaje". Pero, ¿qué sería de Aragón sin su voz más desgarrada, pura
y sincera en su amarga soledad? ¿Qué queda de tanta melancolía y tanta
voz desgarrada por los pueblos perdidos? Queda, desde luego, la esperanza;
queda el compromiso; quedan muchos miembros de varias generaciones que
han crecido con sus canciones, que las han cantado dentro y fuera de
las fronteras de esta tierra, sobre todo cuando se sentían desligados
de aquello que amaban. Queda, en fin, un sentimiento de posibilidad,
de mejora, de creencia de que "entre todos hay
que levantar" este cadáver lleno de historia, de nombre y de
orgullo.
©
A N T O N I O P É R E Z L
A S H E R A S