De
chaval cantaba. Cantaba cosas mejicanas y argentinas hasta que un día,
un geólogo holandés, en una de esas hermosas noches montañeras,
nos cantó un texto de un tipo llamado Brassens. "¿No
conocen ustedes a Brassens?" Nosotros, aquí, en este país,
y allá por los años cincuenta, no conocíamos a
nadie. En mi primer viaje a Francia me traje -escondido en lo más
hondo- un disco de Brassens. Lo escuché hasta la saciedad y después,
años después, comienza esta historia omo homenaje a ese
gran tipo que sigue siendo Georges Brassens.
Y
fue en Jaca, al final de una esperpéntica reunión en casa
del ilustre fotógrafo Tramullas, tras de un recital enloquecido
de Pío Fernández Cueto, absurdas teorías sobre
la utilidad del magnetófono de Pedro Marín, y cachondeos
subterráneos de mi hermano Miguel, fue, digo, después
de toda esa barahnda y hartos de vino, de rabia, de agosto y de amargura
cuando, metidos en un chalé deshabitado, empecé, a voz
en grito, a hacer mi primera canción, que luego nunca canté.

Belchite, diciembre
del 2000. FOTO: MARIANO
J. BES
Era
una canción entre metafísica y testimonial. Una canción
que por un lado tomaba el tono de los espirituales negros y por otro
desgarraba el aire con el ritmo de un corrido mexicano. ( ... ) Aquella
noche, allí, en Jaca, en el viejo chalé de los Tramullas
y en el desván destartalado, la canción baturra -como
la definiría el sociólogo Mario Gaviria ( ... - marcaba
ya las líneas por las que, en otro país, y en otras circunstancias
históricas, hubiesen podido discurrir. Desgraciadamente en esta
realidad cotidiana que se llama Aragón, todo aquello carecía
de viabilidad y tardaríamos más de diez años en
sacar adelante el primer testimonio de una canción texto.
Con
la voz a cuestas - Págs. 16-17